Tan sencillo como cocinarle una sopa a la levadura

Por El Jefe Weizen

Para cerveceros y no cerveceros es inolvidable la primera vez que identificas el aroma de una buena malta recién salida del tostador o incluso del costal ya empacada. Un grano hermoso, hinchado y lleno de nutrientes que precisamente a través del proceso de malteado ha generado los carbohidratos y azúcares necesarios para hacer un caldo literalmente rico en aromas, en texturas, en sabores. Debo confesar que a mí me sorprendió como una pequeña cantidad de cebada puede llenar un cuarto completo con su presencia. Es natural que nos guste, es delicada pero con carácter; es acaramelada y no empalaga; está tostada y dependiendo del nivel de tueste es el aroma que emula: como el pan, el café, el chocolate. Y te das cuenta que todos los anteriores huelen a eso justamente por su tostado y esta malta lo replica ordenándose en diferentes categorías según su uso.

Y bueno si la malta invade el espacio, ¿Qué se puede decir del lúpulo? La frescura, la profundidad, la dimensión de su olor. Es la primera vez que me vino a la mente que un aroma puede ser tridimensional.

Todo listo: maltas base, maltas de especialidad, lúpulo, agua caliente, limpieza, curiosidad y concentración es todo lo que necesitas para hacer cerveza. Y todo a su tiempo embona en el rompecabezas. Se aprende sobre la marcha y no sé si “echando a perder” pues no me ha pasado.

Se extrae todo lo que puedan aportar los ingredientes anteriores con un buen hervor. Y luego con un buen reposo. Y más adelante con un buen enfriado veloz.

Pero… y, oh no, no era todo lo que necesitábamos. Falta… algo. Hay quien lo considera lo más importante y ojo ahí porque se puede caer en el error de quitarle importancia a realmente “todo” por default. Falta la levadura. Esa amiguita que es quien en realidad disfrutará la deliciosa sopa que le hemos estado cocinando. Porque así lo entendí. Me di cuenta que todo lo anterior es en realidad prepararle un gran banquete a la levadura y mientras más rico esté, mientras más esmerado, mientras más original, mejor será el resultado. Ella, la levadura, en retorno nos entregará en unos días una deliciosa cerveza cuando haya acabado. Su manera de agradecer el festín es consentirnos con una buena cerveza. Y me parece justo el intercambio. ¡Yo cocino, tú levadura mía, tráete las chelas! Ah… y ¡Zafo lavar los platos!

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